DEVOCIONALES La Perspectiva del Águila


El mayor impedimento: el EGO

Día 95

“¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?” (Juan 5:44).
  • Leer
  • Meditar
  • Escribir
  • Aplicar
  • Orar
  • Compartir

Lecturas adicionales:

    Jeremías 13:23; Romanos 8:7-8; 2 Corintios 10:18; Gálatas 5:19-21; Hebreos 3:12.
1.¿Cuáles son los principios que me enseña la Biblia?
Para guardar sus progresos debe registrarse o iniciar sesión


2. ¿Cómo puedo aplicar hoy estos principios a mi vida?
Para guardar sus progresos debe registrarse o iniciar sesión

El problema más grande que tenemos como personas somos nosotros mismos. Por naturaleza nacemos controladores y a medida que crecemos practicamos controlar a otros hasta que tal actitud se convierte en “algo natural”. 

El problema es que no nacimos para ser controladores sino controlados. Adán, antes de la caída, fue creado para tener a Dios como su Amo y Señor. En el momento en que Adán desobedeció a Dios, expulsó a Dios de su corazón. Es por eso que quedó abandonado a sus caprichos, y a tratar de llenar el vacío de Dios “consigo mismo”. 

Adán comenzó a autogobernarse, por lo tanto, se tornó en un “dictadorcito” de otros. ¡Así nacemos! Es una condición depravada. Nacemos mal espiritualmente y ¡de fábrica! Esto se conoce como el pecado original. 

Este pecado original, o innato, hace que queramos recibir “gloria los unos de los otros”. Y queremos la gloria por medio del control o tratando de bajar a otros para subir nosotros. 

Si tan sólo buscáramos amar a Dios, agradar a Dios y exaltar a Dios con todo lo que somos y con cada segundo de nuestra existencia, la imagen de Cristo se reflejaría fácilmente en nosotros. 

La pregunta de Jesús: “¿cómo podéis vosotros creer?”, podríamos responderla, no buscando la gloria o exaltación propia, sino poniendo nuestra mira en Jesús y buscando primero el reino de Dios para que Él sea exaltado en nosotros. Así como dijo Juan el Bautista: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30).