DEVOCIONALES La Perspectiva del Águila


¡Bendecidos!

Día 356

“Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:28- 29).
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Lecturas adicionales:

    Isaías 6:5; Marcos 9:23-24; Lucas 5:8.
1.¿Cuáles son los principios que me enseña la Biblia?
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2. ¿Cómo puedo aplicar hoy estos principios a mi vida?
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¿Por qué este pasaje nos impresiona en lo más profundo de nuestro corazón? ¿Será porque en parte nos identificamos con Tomás? ¿Necesito ver para creer? ¿O tal vez sea por el hecho de que se le presentara a Tomás, siendo que no creyó a los demás discípulos?

Jesús sabía que Tomás lo amaba. Tomás vio todo lo que le hicieron a su Señor y lo vio cuando murió en la cruz. ¿Cómo podía estar vivo? El dolor de Tomás por todo lo que pasó Jesús era tan grande que no pudo concentrarse en las palabras que Jesús les había dado, de que resucitaría al tercer día.

Y cuando Jesús se le presentó, no pudo más que caer de rodillas y decir: “¡Señor mío, y Dios mío!”

Este fue un momento crucial para Tomás. Y ese es el momento por el que rogamos a Dios por todo ser humano. Por ese momento de reconocimiento Él dio su vida. Para que cuando lo veamos podamos decir con Tomás: “¡Señor mío, y Dios mío!”

  1. Cuando Jesús se nos manifiesta lo hace de una manera inconfundible, en la que nuestros ojos son abiertos y nos damos cuenta de quién es verdaderamente este Jesús: Mi Señor, mi Salvador y mi Dios. ¡No, no hay otro como Jesús! Dios, hecho hombre; Emanuel, Dios con nosotros.
  2. Aquí está Jesús, siempre manifestándose, dándose a conocer, llamándonos, tocando nuestro corazón, haciéndonos volver en nuestros sentidos para que podamos ver quién es Él.
  3. Lo hemos visto actuar en nuestras vidas a través de milagros y respuestas a nuestras oraciones y en infinidad de ocasiones hemos sentido su presencia.
  4. Podemos decir con Tomás: “¡Dios mío y Señor mío!”