DEVOCIONALES La Perspectiva del Águila


Repercusiones de la muerte de Jesús (Primera parte)

Día 337

“Y habiendo [Jesús] inclinado la cabeza, entregó el espíritu” (Juan 19:30b). Leer también Mateo 27:50-54.
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Lecturas adicionales:

    Mateo 20:28; Juan 10:11, 14-15; Hebreos 2:14-15; 9:14-15; 10:19-23.
1.¿Cuáles son los principios que me enseña la Biblia?
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2. ¿Cómo puedo aplicar hoy estos principios a mi vida?
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Antes de morir Jesús clamó a “gran voz” y “entregó el espíritu”. Este es el momento más solemne en toda la historia de la humanidad, ¿por qué no, del universo?

Jesús conscientemente hizo la máxima y completa consagración. Su consagración fue en absoluta obediencia al Padre: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita...” (Juan 10:17-18).

El sacrificio y consagración completos no sólo repercutieron en la posibilidad de que todos los seres vivientes reciban vida eterna.

Su sacrificio también fue para salvar los daños de nuestro pecado sobre la creación. Pudiéramos decir que no sólo fue una salvación individual, sino cósmica. Cuando Jesús regrese por segunda vez, lo restaurará todo: “Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Romanos 8:20-23).

Inmediatamente después de la muerte de nuestro Señor Jesucristo, hubo repercusiones visibles de la amplitud de su sacrificio: “... la tierra tembló, y las rocas se partieron; y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron...” (Mateo 27:51-53). Jesús claramente lo dijo: “... Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Juan 11:25-26).