DEVOCIONALES La Perspectiva del Águila


Inocente

Día 321

“Y cuando hubo dicho esto, salió otra vez a los judíos, y [Pilato] les dijo: Yo no hallo en él ningún delito” (Juan 18:38). Pilato, quien debía condenar civilmente a Jesús, da su veredicto: “No hallo en él ningún delito”.
  • Leer
  • Meditar
  • Escribir
  • Aplicar
  • Orar
  • Compartir

Lecturas adicionales:

    Isaías 53:8-11; Daniel 9:26; Juan 11:47-50; 1 Pedro 2:22-25.
1.¿Cuáles son los principios que me enseña la Biblia?
Para guardar sus progresos debe registrarse o iniciar sesión


2. ¿Cómo puedo aplicar hoy estos principios a mi vida?
Para guardar sus progresos debe registrarse o iniciar sesión

El veredicto de Pilato es categórico: “Ningún delito”. ¡Jesús es inocente!

Jesús ha declarado unos minutos antes que todo lo que Él es, hace, y dice es “verdad”. Pilato está convencido de esto, y así se lo dice a los “principales sacerdotes”.

Es irónico que un pagano que ni siquiera conocía a Dios y que no esperaba al Mesías, pudiera ver la inocencia de Jesús y en cambio los “principales sacerdotes”, que son mediadores entre Dios y el pueblo, y cuyo papel es ofrecer sacrificios por su pueblo para que Dios tenga al pueblo por inocente, se covirtieron en mediadores de condenación y no de salvación.

Pilato testificó públicamente la inocencia de Jesús; este testimonio nos da una increíble seguridad sobre el amor de Dios por nosotros. Ofreciendo al inocente Jesús, por nosotros, los culpables.

Jesús sí fue el sacrificio perfecto, inocente, sin mancha por nuestros pecados.

Jesús, el Rey de reyes, se hizo “siervo” y se “despojó de todo”, aún de su dignidad por amor a nosotros, para poner a nuestra disposición “una salvación tan grande” (Hebreos 2:3).

“Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo” (Hebreos 7:26-27).