DEVOCIONALES La Perspectiva del Águila


Completamente transformado

Día 270

“Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece” (Juan 15:19).
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Lecturas adicionales:

    Lucas 6:32-33; Colosenses 3:2-4; Tito 3:3-7; 1 Juan 4:4-6.
1.¿Cuáles son los principios que me enseña la Biblia?
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2. ¿Cómo puedo aplicar hoy estos principios a mi vida?
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Jesús presenta ahora un concepto de esencia, lo que somos y lo que no somos.

Cuando Él nos salva, no sólo nos presenta como justos ante el Padre, Él también nos aparta para sí mismo y nos transforma completamente: “no sois del mundo”.

Jesús no sólo cambia lo que somos (nuestras intenciones, “no sois del mundo”), Él nos coloca en una nueva situación vivencial para que podamos ser como Él quiere: “yo os elegí del mundo”.

Ahora que Jesús nos ha sacado de nuestra miseria, “del mundo”, de una mentalidad de esclavo, de degradación, debemos hacer todo lo posible por adoptar su mentalidad, consagrando nuestra nueva vida a Él: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:1-2).

Esta actitud radical de dejar atrás el mundo (“porque no sois del mundo”), nos coloca en confrontación con el mundo (la mentalidad de esclavo, de perdido): “el mundo os aborrece” porque no amamos este tipo de vida.

El mensaje del apóstol Juan es claro en cuanto a la mentalidad de las tinieblas y de la esclavitud: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:15-17).