DEVOCIONALES La Perspectiva del Águila


¿Es la voz de Dios o mi imaginación?

Día 224

“Y la multitud que estaba allí, y había oído la voz, decía que había sido un trueno. Otros decían: Un ángel le ha hablado. Respondió Jesús y dijo: No ha venido esta voz por causa mía, sino por causa de vosotros” (Juan 12:29-30).
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Lecturas adicionales:

    Salmos 16:7; Mateo 3:17; 17:5; Juan 6:68; Hechos 13:2; 28:25; Romanos 10:17; 2 Corintios 5:11; Hebreos 1:1-2; 3:15.
1.¿Cuáles son los principios que me enseña la Biblia?
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2. ¿Cómo puedo aplicar hoy estos principios a mi vida?
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Cuando Dios habla, su voz no puede ser ignorada. Sin embargo, si no estamos acostumbrados a la voz de Dios, la confundiremos tal vez con un fenómeno natural: “Y la multitud que estaba allí, y había oído la voz, decía que había sido un trueno”. Otros más espirituales tal vez la confundan con otra entidad: “Un ángel le ha hablado”.

Dios sigue hablando hoy especialmente a través de la Biblia, su Palabra y a través de nuestra conciencia. Su Palabra no es ambigua, es clara, y es muy específica especialmente sobre lo que es pecado y lo que le desagrada a Él. Su Palabra también trae consejo, esperanza, ánimo; provee sabiduría, y nos ayuda a resolver todas las situaciones de nuestra vida.

Jesús estaba tan familiarizado con la voz del Padre que Él vivía en un diálogo íntimo, continuo y sin interrupción con Él: “Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (Juan 5:19). “No ha venido esta voz por causa mía, sino por causa de vosotros”.

Si no aprendo como creyente, como cristiano, a escuchar la voz de Dios, su Palabra para mí será como ruido, como "un trueno", o tal vez, como mi imaginación, o un ente espiritual.

La salud de la vida espiritual es proporcional a escuchar la palabra de Dios y aplicarla radicalmente a mi vida: “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” (Santiago 1:22).